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Slow travel: viajar sin estresarse

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[Carolina Cerimedo] Dicen que la gran diferencia entre un turista y un viajero es que el primero siempre sabe adónde va y cuándo regresa, mientras que el segundo hace camino al andar.

Para muchas personas, esta incertidumbre resulta inabordable: la agitada vida moderna exige fechas confirmadas, paquetes con todo incluido, itinerarios cronometrados y reservas anticipadas. La fast life ha colonizado al turismo de modo que durante las vacaciones continuamos con la rutina de prisas y obligaciones. Slow travel propone lo contrario, desplazarse sin tanta planificación, entregándose a la magia de lo inesperado y de las sorpresas. Se trata de mirar el mundo con ojos profundos, sin apuro y más allá de lo obvio. Qué tener en cuenta en cada momento del viaje para adoptar este estilo.

 

Adónde ir. El primer paso es elegir un destino que sea viable para conocer bien durante los días con los que contamos. De esta forma, eliminamos la presión de tener que correr para dar con todos los imperdibles de una ciudad, sin  marcarse horarios apretados y metas cuadriculadas. También suma desatender la tentación de viajar lo más lejos posible, y acabar pasando más tiempo en el avión o en el auto que en el destino.

Cómo llegar. No es cierto que cuanto más rápido se llegue es mejor. La velocidad del traslado aéreo destruye la conexión con la geografía, mientras que al desplazarse por tierra uno toma conciencia de la distancia física que está atravesando. Se recomienda evitar tomar aviones low cost para distancias cortas y elegir medios de transporte menos contaminantes. 

La idea es disfrutar tanto del viaje como del destino, lo que se traduce en tomarse un tren para contemplar el paisaje o manejar sin el reto de hacer el máximo número de kilómetros por hora prohibiéndose parar en los pueblos que se van sucediendo a lo largo de la ruta. Así, el mismo viaje se vuelve placentero, en lugar de ser un paréntesis estresante entre la casa y las vacaciones.

Dónde dormir. En vez de hospedarse en un hotel internacional, quedarse en una casa de familia ofrece la oportunidad de ver desde adentro las costumbres. Un pequeño bed & breakfast manejado por sus dueños significa un contacto personalizado con el anfitrión, desayuno casero y una ventana a la cultura local. Alquilar un departamento es perfecto para vivenciar el estilo de vida de un lugar en primera persona. Yendo al mercado, sentándose en el café de la esquina, cocinando con ingredientes autóctonos, conociendo a nuestros vecinos y caminando por el barrio nos convertimos en residentes temporales, despegándonos de la sensación de "estar de paso". El objetivo no es visitar sino integrarse.

En cuanto a la ubicación del alojamiento, es positivo despedirse del concepto de que debe ser céntrico. Una alternativa más genuina es escoger una zona residencial y menos turística. Una opción que va más allá todavía es salirse de la ciudad y animarse a explorar los suburbios. En locaciones rurales podremos descubrir otros encantos, por ejemplo pasar unos días en la campiña francesa nos mostrará otro lado del país que no percibiremos en un circuito alocado por la gran París.

Cómo moverse. Nada de chárters para turistas, ni siquiera alquilar un auto. Los medios de transporte públicos como subtes, trenes y colectivos nos ponen en contacto con la rutina de los habitantes. La bicicleta también es excelente para ver de cerca una ciudad y recorrerla a un ritmo pausado.

Paseos. La guía tiene que ser una pequeña ayuda, no un código de leyes que cumplir al pie de la letra. Más acertado será preguntarle a los lugareños adónde ir, seguir sus sugerencias, hacer lo que hacen ellos. Para integrarse a la comunidad, es bueno anotarse en un taller cultural y participar en actividades locales como bailes populares, ferias y espectáculos. 

Bien divertido es dejar a un lado el mapa y callejear sin rumbo fijo. Escuchar las propias motivaciones e ir en busca de lo que nos interesa: librerías, tiendas independientes, pequeñas galerías de arte, y otras atracciones que no figuran entre las salidas obligadas del turismo masivo. Improvisar. No a las visitas guiadas multitudinarias que nos sacan de triatlón por los clichés de la ciudad.  Es desviarse de la hoja de ruta que todos siguen y de la obsesión por la foto icónica.

Probablemente, el mayor desafío sea tomarse un día libre. Descansar, sin imponerse nada que hacer ni dirigirse a ninguna parte.

Comidas. Muchos turistas terminan almorzando en las cadenas de comida rápida o en restaurantes de cocina internacional en vez de probar los sabores naturales de la tierra que están visitando. La sugerencia es inclinarse por la cocina regional, degustar platos tradicionales, preferir una cafetería local a una franquicia y atreverse a los puestos callejeros donde los residentes comen al paso.

Idioma. Aprender algunas frases del idioma nativo nos permitirá presentarnos e interactuar con los habitantes. Estas conversaciones nos contactan con la realidad local, para lo cual también sirve comprar el diario.

Presupuesto. Para viajar de esta manera no se requiere gastar más. Incluso sale a cuenta, porque al vivir como un local se paga el costo de vida de los lugareños en lugar de precio-turista.

Tampoco se necesita tener más tiempo, sino administrar las vacaciones disponibles de otra manera. Como describe el periodista canadiense Carl Honoré en su famoso libro Elogio de la lentitud, la solución es desacelerar. Renunciar al mandato de la velocidad. Quedarse una semana en vez de un fin de semana. Experimentar en detalle en lugar de llevarse una impresión general.  Entender que fast life no significa good life.

Tags: viajar,

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